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Le Havre, Etretat, Rouen.

Tras pasar el elegante y largo puente de Normandía llegamos a Le Havre. Un homenaje y un canto al hormigón armado, según la guía, que esta vez acierta de pleno. Tras recorrer varias calles con el coche, vamos directos a la Iglesia de St Joseph.

La entrada es alucinante, en unos pocos pasos al entrar a la iglesia se contempla su dimensión, y uno se rinde al efecto del inmenso espacio que se eleva hacia el cielo, plagado de colores y efectos lumínicos. Es una estructura sencilla pero rotunda que sabe utilizar las luces, transparencias y proyecciones de color para producir el efecto deseado de casa de Dios. Por otra parte también tiene algo de galáctico y de serie de ciencia ficción de postguerra. Al mirar hacia arriba uno bien podría estar viendo las entrañas de una nave espacial nodriza.

Tras la impresión memorable de esta iglesia, recorremos las calles con edificios modulares del centro. Paramos un momento en la playa a ver a los kitesurfistas.

En Etretat subimos hasta la Falaise Chapelle, desde donde unas vistas magníficas del pueblo y del Falaise d´Aval, el gran arco sobre el mar. Paseamos un poco hacia Fecamp para ver el más modesto Falaise d´Amont. Tras hora y pico de paseo por los acantilados nos asalta el hambre. Volvemos hasta una zona de picnic en Latilleul a comernos unos espaguetis después de habernos zampado una lata de paté. Volvemos a Etretat con la intención de ver otro arco, el Mannepate. Ixo se queda descansando en la furgo. Yo subo por un camino a través del bosque y me topo con un maldito campo de golf. El campo se alarga por la costa y después de andar un buen rato desisto de tratar de rodearlo. Cansado y de mal humor, malditos campos de golf, vuelvo a la furgoneta. Llegamos a Fecamp, que resulta ser un tanto ‘fecal’, y que será el punto más al norte del viaje. El único interés que le veo es el de recordar a los pueblos ingleses con sus hileras de calles con casas de doble piso hechas con ladrillo.

En Rouen aparcamos cerca de la catedral. Vemos el interior de esta catedral que muestra una expo de su proceso de restauración tras la guerra. Lo más impactante para mí es ver cómo la metralla de las bombas se quedó incrustada en las piedras de las columnas, los muros, y en cualquier sitio las veré toda la tarde. Es un poco tarde y las tiendas ya han cerrado. Aun así las calles están animadas y hay muchas terrazas. En la plaza de Juana de Arco nos tenemos que cubrir unos minutos de un pasajero chaparrón. Callejeamos y buscamos un restaurante. Nos decidimos por uno que tiene encanto, aunque un poco caro, pero ya está completo. Al final cenamos en un McDonalds, hay que joderse.

Ya de noche y tras pensar si ir o no ir a París a pasar un día, estamos a menos de una hora, llegamos hasta Chartres y a dormir.

 

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